jueves, 29 de marzo de 2012

LOS QUE NO SALEN EN LA FOTO (A. Pérez-Reverte)


También están ellos. Y ellas, como diría algún ministro imbécil. Los que no fueron a buscar nuevos campos de batalla para sus empresas. La pobre y maltrecha infantería que no es fiel sino a sí misma; y eso sólo cuando puede. Los mercenarios en busca de un amo que les dé de comer, sea quien sea: cualquiera que asegure dos mil euros al mes y un futuro a corto o medio plazo. Los que no se van con ademán heroico sino por la puerta pequeña, discretamente, dejando atrás a padres, madres y novios que los echan de menos. Alejándose para mucho tiempo de la gente querida, a la que, muy de vez en cuando, visitan en vacaciones cada vez más cortas, sabiendo que no podrán estar con ellos cuando vayan al hospital, o mueran; y a los que, si alguien avisa con tiempo, quizá lleguen a acompañar en su entierro. Aunque también puede ocurrir que haya suerte, y los padres, o el perro que acompañó su vida durante diez o doce años, esperen a morirse cuando están en casa, de vacaciones. 

Se llaman María, Noemí, Héctor, Manolo. Tienen cerca de cuarenta años, se fueron de España hace tres o cuatro, y no salen en los dominicales de los diarios: en esos patéticos reportajes dedicados a convencernos de lo orgullosos que debemos sentirnos de que el mundo esté salpicado de jóvenes españoles que se buscan la vida fuera. A su edad no son tan fotogénicos. No lucen posando con bata de laboratorio en Oslo, con gorro de cocinero en Berlín, con camiseta de baloncesto en Nueva York. Ni siquiera valen para la foto en EPS o XLSemanal de camarero guapo y veinteañero que friega platos, sólo de momento, en un local de moda de Londres o Nueva York; entre otras cosas porque ni son veinteañeros ni guapos, y cuando friegan platos o sirven mesas, a su edad, puede ser para toda la vida. Son seres vencidos sin segunda oportunidad, que saben lo seguirán siendo, sin remisión. Sin otro anhelo que no ir a peor. No ir a menos. 

Por ahí afuera andan, a miles. Su generación ni siquiera es la de los aeropuertos, el ordenador portátil y el hotel barato, a la caza de mercados aunque sean modestos. La suya es la del billete de ida, de las hipotecas imposibles de pagar. La generación engañada por el espejismo y la irresponsabilidad de quienes pudieron hacer un país culto, trabajador y decente, y no lo hicieron. De quienes, respaldados en las urnas por ilusiones y sueños de futuro, tenían la obligación de encauzar esto y no supieron, o les importó una mierda; y ahora siguen ahí, impasibles, cobrando el sueldo del partido, trincando los favores hechos a compadres. Sin que nadie les diga fue por tu culpa, cabrón. Sin que nadie, al cruzárselos cuando salen del restaurante de lujo o de dar conferencias, con esa cara de cerdos que les han puesto los años, la pasta, el estatus y el coche con chófer que nunca perdieron, les parta la cara.

Sus víctimas se fueron, eso es todo. Sin hacer ruido, como digo. Fueron cuarenta en clase del instituto y doscientos en el aula de la facultad, y todo para conseguir un título universitario que a nadie importa un carajo. Que nadie les dijo que no sacaran. Los sentenciaron a la cola del paro y les preguntaron mil veces, cuando eran mujeres, si estaban embarazadas o tenían hijos, en grotescos simulacros de entrevistas de trabajo. Por su edad les habría correspondido agachar la cabeza, aceptar mil euros al mes, cerrar la boca, poner el culo -o el coño- y desangrarse con la hipoteca del piso y las letras del coche, como todo cristo. Tragar y sobrevivir once meses soñando con el duodécimo de vacaciones baratas en Cancún. Se trataba de eso, o de tener el coraje, la desesperación, de organizarse con sus iguales para incendiar esta España de mierda. Para conseguir, al menos, que los culpables tuviesen miedo o lo pagasen caro. Pero eso resulta más fácil escribirlo que hacerlo; así que optaron por lo razonable: largarse de aquí. Alejarse, sacudiendo de los zapatos el polvo de este paraje ingrato, envidioso y miserable, históricamente enfermo. De esta ruin madrastra y sus turbios, desvergonzados, impunes secuaces. Por eso están fuera, y no volverán si pueden evitarlo. Hicieron lo más difícil, que fue saltar al vacío, echarse el macuto al hombro, internarse en territorio hostil, desconocido. Se buscaron la vida lo mejor que supieron, y así sobreviven, comen caliente, rehacen como pueden sus maltrechas vidas. Ni siquiera pretenden ya reconciliarse con esta triste España que los echó a patadas. Si van a morirse lejos, tan solos como viven, por ellos puede pudrirse esta mala perra.

jueves, 23 de febrero de 2012

EL ESPÍRITU DEL GUERRERO


EL ESPÍRITU DEL GUERRERO

Aunque se nos ha hecho creer que si dejamos de aferramos acabaremos sin nada, la propia vida demuestra una y otra vez lo contrario: que el desprendimiento es el camino que lleva a la auténtica libertad.
Así como las olas no causan ningún sufrimiento a las rocas al chocar contra ellas, sino que las erosionan y esculpen dándoles bellas formas, también los cambios pueden moldear nuestro carácter y suavizar nuestras aristas. Mediante los cambios podemos aprender a cultivar una compostura apacible pero inconmovible. Nuestra confianza en nosotros mismos va en aumento, y llega a ser tan grande que la bondad y la compasión empiezan a emanar naturalmente de nosotros y a llevar alegría a los demás. Esta bondad es lo que sobrevive a la muerte, una bondad fundamental que está en todos y cada uno de nosotros. Nuestra vida entera es una enseñanza sobre cómo descubrir esta poderosa bondad y un entrenamiento para realizarla.
Así, cada vez que las pérdidas y las decepciones de la vida nos dan una lección sobre la impermanencia, nos llevan más cerca de la verdad. Cuando se cae desde una gran altura, sólo hay un lugar al que se puede ir a parar: al suelo; el suelo de la verdad. Y si se tiene la comprensión que proviene de la práctica espiritual, la caída no es en absoluto un desastre sino el descubrimiento de un refugio interior.
Correctamente entendidos y utilizados, los obstáculos y dificultades a menudo pueden resultar una fuente inesperada de energías. En las biografías de los maestros se observa con frecuencia que de no haberse enfrentado a obstáculos y dificultades no habrían descubierto la fuerza que necesitaban para superarlos. Este fue, por ejemplo, el caso de Gesar, el gran rey guerrero de Tíbet, cuyas hazañas constituyen la mayor epopeya de la literatura tibetana.
Para los tibetanos, Gesar no sólo es un guerrero en el plano de las armas, sino también en el espiritual. Un guerrero espiritual es una persona que ha desarrollado una clase especial de coraje, alguien de por sí inteligente, apacible e intrépido. Naturalmente, los guerreros espirituales todavía pueden tener miedo, pero aun así son lo bastante valerosos para saborear el sufrimiento, para relacionarse claramente con su miedo fundamental y extraer sin evadirse las lecciones de las dificultades. Como nos dice Chógyam Trungpa Rimpoché, llegar a ser un guerrero significa que «podemos cambiar nuestra mezquina lucha en pos de la seguridad por una visión mucho más vasta, una visión de intrepidez, apertura y auténtico heroísmo…».8 Entrar en el campo transformador de esa visión mucho más amplia es aprender a estar a nuestras anchas en el cambio, y a hacer de la impermanencia nuestra amiga.

Sogyal Rimpoché “El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte”.

martes, 31 de enero de 2012

ELLOS DOS

Este noche, esté donde esté, sea cual sea el reloj que marque las horas, brindaré -si tengo con qué- por ellos dos. No voy a escribir aquí sus nombres porque no quiero señalarlos con el dedo para toda la vida que les quede por vivir, que ojalá sea mucha. Que deseo con toda mi alma que sea mucha.
Voy a brindar por ella -la llamaré María- porque hace cinco años, apenas cumplidos los treinta, trastornada por los golpes de su novio, desconfiada, triste, encontró la sonrisa perdida, la abnegación y el respeto. Por esas bromas que tiene la vida, todo lo halló en un hombre diferente, varios años mayor que ella, con el regusto de la droga todavía en las venas y paseándose del brazo del diablo por el filo del abismo.
Tenían frío -ahí afuera hace un frío del carajo- y se acercaron el uno al otro para darse calor. AI poco estaban viviendo juntos, y cada uno aportó su singular dote: ella, una cría pequeña y la ternura que no habían podido romperle las humillaciones y las palizas. Él, su mirada vacía, una soledad infinita y un perro de dos años. Haceos cargo del capital social: una desequilibrada con una hija y un yonqui con un chucho. Como para no jugarse un duro por ellos.
Y sin embargo, funcionó. El aprendizaje fue lento y duro, pero perfecto. María y su hombre habían sacado el número correcto en esa tómbola que tiene tan mala leche pero que a veces, cuando se le entra con ganas, es capaz de deslumbrar con el más hermoso premio del mundo. Sufrieron, soportaron problemas de dinero, de trabajo, de salud, de vivienda. Tropezaron con muchos miserables en el camino, pero también con gente honrada que les echó una mano cuando la necesitaban, que les dio comida cuando tuvieron hambre, que les devolvió poco a poco la fe en sí mismos y en los demás. Tuvieron algo de trabajo, compenetración, amor. Complicidad. Y un día se miraron y él dijo: «soy feliz», y ella respondió: «soy feliz». Y no era una de esas frases que repites para creerte un sueño o para convencerte de algo, sino que era de verdad. Esa especie de rayito de sol, de calor que te alegra el alma aunque sea un poco, y aleja el frío, y te hace pensar que después de todo, bueno, aquí vamos a estar sólo un rato pero igual si nos abrazamos fuerte resulta que hasta vale la pena.
Pero la vida se lo cobra todo. Y un día, hace pocas semanas, él tuvo un problema, y fue al médico. Y el médico le preguntó si quería hacerse unos análisis. Y él, entonces, se acordó de todos aquellos a quienes quería, de toda la gente importante en su vida. Y se acordó de María y de las chiquillas y del chucho, y dijo que sí, que vale, que venga el análisis de las narices. Y no fue un análisis sino tres, con resultados confusos o contradictorios. Y vino el miedo. Y la incertidumbre. Y hace unos días él llegó tarde del trabajo, cansado, distinto, y le confió a María que había ido a la iglesia, a la parte vieja de esa ciudad del sur, cerca del lugar donde creció. Y le dijo que había ido a pedir por ellos dos, y por la niña. En realidad -añadió- a pedir por la niña y por ella, porque después de todo él se lo había buscado y ella no.
María es calor, y tibieza, y consuelo. Y él es aire fresco, con unos ojos claros que se parecen al mar, o al cielo, o a ambas cosas a la vez. Y durante estas últimas semanas han vivido con la esperanza puesta en el último pétalo de la margarita deshojada día tras día, sin abandonarse al miedo, o a la desesperación, en atroz espera. Y de ese modo, si alguna vez dudaron de su capacidad de amarse, ya no les queda duda alguna, Y cuando escribo estas líneas el perro está inmóvil enroscado a sus pies, y la chiquilla duerme con ese olor a fiebre y sudor suave de niño que tienen los críos cuando descansan. Y ellos siguen mirándose el uno al otro callados, esperando el papel del laboratorio que les traiga la liberación, o la sentencia.
Pensaré en ellos esta noche, cuando irresponsables y asesinos cargados de alcohol se rompan el alma en las carreteras, malgastando una vida que otros han aprendido, con tanto amor y sufrimiento, a valorar en lo que cuesta. Por esos fiambres anunciados del matasuegras y el dieciséis válvulas no enarcaré ni una ceja. Pero brindaré de corazón por María y por su hombre, por la cría y por el chucho. Por esa vida que ellos sí merecen vivir. Sea cual sea el resultado del análisis. Lo sepan ya o no lo sepan.
En realidad, ¿quién de nosotros lo sabe?

martes, 6 de diciembre de 2011

UN CUENTISTA, UN CUENTO, Y UNA LECCIÓN SOBRE LA VIDA


UN CUENTISTA, UN CUENTO, Y UNA LECCIÓN SOBRE LA VIDA

Nervios. Ahí están, aunque esta vez no se trate de hablar delante de cien personas. Acabo de dejar atrás el frío de la calle y me estoy adentrando en una sucesión de pasillos y ascensores que, tras varias tentativas fallidas, terminará llevándome hasta la sección indicada, entre las plantas tercera y cuarta.
Como digo, nervios. No por tener que hablar, sino ante quienes debo hacerlo. El público de hoy es especial; quizás el más especial al que vaya a dirigirme nunca. Y saberlo me preocupa, porque no estoy seguro de cómo voy a reaccionar. No sé que espero encontrar en sus miradas.
Por fin, llego a una puerta. Al otro lado veo a Bárbara y a Lucía, atareadas en medio de una explosión de colores. Serpentinas, globos, cartulinas recortadas con mil formas diferentes llenan la sala de juegos, contrastando de manera singular con la sobriedad aséptica del resto del edificio. Como un baño de luz en medio de la oscuridad. Su efecto, el choque sensorial inesperado, tiene la virtud de relajarme, actuando a modo de bálsamo para mis alterados sentidos. Bien, allá vamos. Respiro una, dos, tres veces, y traspaso la puerta, sumergiéndome en el acto en un mar de risas, música y gritos. Bárbara, que me ha visto, enseguida viene a mi encuentro. Mientras lo hace miro a mi alrededor, fijándome en varios detalles: el pequeño escenario de guiñoles, allá al fondo, rodeado de un semicírculo de sillas. Las paredes, llenas de dibujos de todos los colores y tamaños. La ausencia casi absoluta, feroz —salvo por alguna máquina— de cualquier atisbo capaz de recordar donde nos encontramos.
Y ella.
Está sentada, sola, concentrada en la lectura de un cuento. Separada por propia voluntad del resto, que alborota, a ratos más, a ratos menos, por toda la sala. Ni siquiera sé si es consciente, pero con su postura, con su determinación concentrada crea una especie de barrera psicológica a su alrededor que hace a los demás no invadir ese espacio en varios metros a la redonda. Observo el efecto un par de veces con curiosidad. La marea de pequeñuelos, sea lo que sea a lo que estén jugando en esos momentos, se mueve hacia allí en dos ocasiones, siguiendo las indescifrables pautas de cualquier movimiento browniano. Y en las dos, sin mediar palabra, siquiera un gesto —la niña no parece darse cuenta, absorta en su lectura— la “marabunta” frena y cambia de dirección antes de alcanzarla.
Bárbara, que ya me estaba poniendo al corriente de todo, se fija en la dirección de mi mirada. Elena, me dice. Tiene nueve años y lleva aquí cerca de dos. La interrogo con los ojos. Pero ella sólo hace un gesto resignado con los hombros, y antes de que pueda averiguar más, me lleva del brazo hasta el corazón de la actividad que nos rodea; y por la que estamos aquí. Conozco entonces a Eli, Nuria, Manu, Dani, Tico y los demás. Y a algunos de sus padres, que también están allí.
—Jesús —me presenta Lucía de manera formal —es el chico que os va a contar una historia antes de las marionetas.
—Un cuento —apostilla Bárbara.
Un cuento.
En el relativo silencio conseguido por mis dos amigas al hablar, esas palabras llegan con claridad hasta Elena, que al escucharlas levanta por primera vez la vista del tebeo, con un leve destello de interés en su mirada. Sus ojos encuentran los míos; y yo, sin dejar de sonreír, de contestar a la batería de preguntas a que me están sometiendo los chicos, comprendo de pronto que hoy estoy allí por ella. Que mis palabras van a tejer una historia para muchos oídos, y sin embargo tomada del mundo de los sueños tan sólo para una persona.
Y cómo demonios lo voy a hacer, me digo abrumado. Cómo voy a conseguir no defraudar esa mirada.

Han pasado los minutos. En el silencio roto de cuando en cuando por el sonido lejano del ascensor, voy desplegando mi historia. El relato elegido para hacer volar, hoy, la imaginación de estos niños ávidos de una vida normal. Me muevo, gesticulando al son del cuento, manejando los hilos invisibles de la atención de cada uno de los presentes, no sé si con mucho o con poco éxito. Pero centrándome, sin apenas pretenderlo, en Elena al llegar a cada nudo importante de la narración.
—… entonces el magnífico ejemplar blanco, rey de reyes entre los ciervos, reapareció delante del malherido caballero. Quería indicarle el camino, la senda oculta perdida durante cientos de años…
Elena no me quita los ojos de encima, atenta a cada una de mis palabras. Me escucha con una intensidad casi física que me atrapa y me obliga a olvidarme a ratos de los demás. A hablarle únicamente a ella.

Han vuelto a pasar los minutos. El cuento acabó hace ya un rato. Y las marionetas. Los niños más mayores juegan a la Play y los peques corretean por todos lados. Menos Elena. Ella está sentada junto a mí, contándome su propio cuento —el que leía tan concentrada, deduzco—. Y es buena. Sabe dotarlo de emoción, y fijarse en las partes más importantes; aunque lo hace con timidez. También me pregunta sobre mi propio relato. El que les acabo de narrar. Entonces, no sé muy bien cómo, me veo hablándole de un libro. De “El Libro”, en realidad. El que marcó mi infancia tardía, y gran parte de la adolescencia. Y, perdido ya sin remedio en esos profundos ojos oscuros llenos de auténtica vida, me lanzo a contarle el mayor de mis secretos. Algo que apenas nadie sabe. Y de cómo ese libro me ayudó a soñar, a recuperar la sonrisa en los momentos más delicados.

Salgo a la calle. Tiritando. Pero no por culpa de las bajas temperaturas. No. Por un frío que sale de lo más hondo, del interior. Me miro la palma de la mano, donde aún conservo el calor de la suya, diminuta, sujetando la mía camino del ascensor. Y veo la imagen de su madre, observándonos con el alma encogida desde la puerta, allá en el salón de juegos.
Me abrocho la chaqueta. Me subo el cuello, y echo a andar, maldiciendo con todo mi corazón, como nunca antes, a la perra muerte y a los Dioses, mientras me juro que Elena sabrá el final del libro. De la historia. Que lo leerá por sí misma, todavía capaz.
Y que si no lo haré yo, aunque tenga que venir toda la tardes, un día tras otro, hasta que el maldito Destino se dé por vencido, y decida no sellarle sus negra puertas al final.

jueves, 24 de noviembre de 2011

MOLLY


Una década y varias relaciones después sigue siendo la mujer más valiente que he conocido. Hasta para dejarme tuvo coraje, a su edad. Y es que se enfrentaba a las cosas de cara, a los problemas y a sus miedos. Después de un primer error, dada su inexperiencia, vino a por mí sin pensárselo, dispuesta a explorar conmigo, a acertar y a equivocarse. Con ella aprendí lo absurdo de los “juegos”. Lo fútil de hacerse el duro o dar celos, de llamar la atención. Me enseñó —a sus diecinueve años— que una mujer de verdad, que se acepta, es capaz de decir lo que siente; de mirar a los ojos y hablar sin ocultar las cosas, para bien o para mal.

Siempre lo hizo. Y por eso, creo, hoy sigo sólo a mis treinta y cinco años. Porque me regaló demasiado pronto algo que jamás he vuelto a encontrar —y os juro que no he parado de buscarlo desde entonces ¿Cómo podría no hacerlo?—. Ella me enseñó la autenticidad con mayúsculas; me mostró la alegría innata de vivir; la verdadera honestidad del corazón.  Siempre, con miedo o sin él, me dijo lo que sentía; si le apetecía tenerme cerca, o saberme lejos; si deseaba hablar o estar en silencio. Había días en los que me quería, pero prefería echarme de menos, y otros en los que necesitaba sentir, fundiéndose con ella, cada nervio de mi cuerpo, dándole calor; reconfortándola.

Hubo momentos muy buenos, y otros no tanto, como en toda relación. Pero nunca estuve perdido. Nunca tuve que fingir, ni adivinar lo que quería interpretando el significado de sus palabras dichas con silencios, o de sus silencios dichos con palabras carentes de razón. No necesité aprender las reglas absurdas del cortejo impostado, lleno de mentiras, en que hemos convertido los humanos, pervirtiéndolo, convirtiéndolo en una especie de partida de ajedrez, el amor.

Por eso ¿Qué queréis? No me pidáis entonces que tenga paciencia con vosotras; no en esto. No intentéis hacerme participar en esa danza pueril de tiras y aflojas y de falsos movimientos. No me vendáis la falacia de la distinción de sexos, de que esa es la única manera de jugar a este juego entre vosotras y nosotros.
No lo hagáis. Porque sé que es mentira.
No lo hagáis porque yo tuve la inmensa fortuna de amar, de conocer a una mujer valiente que jamás vaciló al mirarse en el espejo y reconocer sus miedos, sus dudas. Jamás vaciló al desnudar, pese a lo que ello pudiese suponer, su corazón.